Hay una pérdida de la que casi nunca hablamos, porque no deja flores en un funeral ni lágrimas visibles en un velorio. Es la pérdida del tiempo.
Perdemos tiempo cuando vivimos esperando el momento perfecto para empezar, cuando aplazamos un abrazo, una llamada, un perdón o una decisión importante; cuando dejamos que el miedo ocupe el lugar de la vida, cuando nos quedamos atrapados en lo que ya pasó o paralizados por lo que todavía no sucede.
El tiempo es la única riqueza que nunca puede recuperarse…el dinero puede volver, las oportunidades pueden repetirse; pero un día que se fue, se fue para siempre.
Sin embargo, esta reflexión no busca llenarnos de culpa, sino de conciencia; cada amanecer sigue siendo una invitación de Dios a regresar a lo esencial, a mirar a los ojos a quienes amamos, decir las palabras que hemos guardado demasiado tiempo y a comenzar aquello que sabemos que debemos hacer.
La vida no se mide solamente por los años que acumulamos, sino por la presencia con la que habitamos cada día.
Hoy es un buen momento para preguntarnos:
¿Estoy invirtiendo mi tiempo en aquello que realmente tiene valor para mi alma?
Porque al final de la vida, pocas personas lamentan no haber trabajado más o no haber acumulado más cosas; lo que duele es el amor que no se expresó, los sueños que no se intentaron y los momentos que se dejaron pasar.
Todavía estás a tiempo.
Y mientras haya tiempo, siempre habrá posibilidad de vivir con más amor, más verdad y más sentido.
“Enséñanos a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sabio.” — Salmo 90:12.
Cynthia Corral